Politics, Business & Culture in the Americas
The Trump Doctrine

Lo que la historia nos enseña sobre el “Gran Garrote” de Trump

El editor en jefe de AQ examina los archivos de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina y extrae cuatro conclusiones
Las tropas estadounidenses desembarcan en Panamá para derrocar a Manuel Noriega en 1989.Jason Bleibtreu/Sygma/Sygma via Getty Images
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Este artículo es una adaptación del informe especial de AQ sobre la nueva doctrina de Donald Trump | Read in English

El año era 1902 y los ojos del mundo estaban puestos sobre Venezuela. Las potencias europeas, furiosas por las deudas impagadas de Caracas, desplegaron fragatas de guerra en el sur del Caribe como advertencia. El presidente estadounidense Theodore Roosevelt creía que, en este caso, la Doctrina Monroe no aplicaba.

«Si algún Estado sudamericano se comporta mal con algún país europeo», declaró Roosevelt, «que el país europeo le dé una paliza».

Y así lo hicieron. Alemania, con el apoyo de Gran Bretaña e Italia, declaró el bloqueo de los puertos de Venezuela, confiscó o inutilizó la mayor parte de su pequeña armada y bombardeó objetivos costeros. Roosevelt pronto se arrepintió de su aquiescencia: el episodio reforzó la reputación de Alemania como potencia mundial ascendente, los acreedores europeos comenzaron a recibir un trato preferencial frente a sus homólogos estadounidenses y el desafiante presidente Cipriano Castro se mantuvo en el poder.

Y así, gracias en gran parte a Venezuela, nació la famosa política del «Gran Garrote» de Estados Unidos.

«La actitud de hombres como yo hacia los gobiernos y pueblos débiles y caóticos del sur está condicionada… por la teoría de que es nuestro deber, cuando se hace absolutamente inevitable, vigilar estos países en aras del orden y la civilización», escribió el presidente en lo que se conoció como el Corolario Roosevelt, base de innumerables invasiones y otras intervenciones estadounidenses en América Latina en el siglo XX. En 1908, el último año completo de Roosevelt en el cargo, Castro finalmente se marchó tras un incruento golpe de Estado con el respaldo de Washington, dando lugar a un nuevo líder más autoritario y favorable a los intereses estadounidenses.

Como dice el viejo refrán: la historia no siempre se repite, pero a veces rima. Hoy, las acciones del presidente Donald Trump en Venezuela, México y otros países han suscitado comparaciones con la era más intervencionista de los siglos XIX y XX y han reabierto el debate sobre qué, si es que algo, nos puede enseñar la historia sobre lo que podría estar por venir.

En los últimos meses, mientras Trump reunía su propia flotilla frente a las costas de Venezuela y luego ordenaba la captura de Nicolás Maduro, leí o releí obras clásicas sobre la larga historia de Estados Unidos en América Latina, como Beneath the United States (Lars Schoultz, 1998) e Inevitable Revolutions (Walter LaFeber, 1983), además de obras más modernas, como Our Hemisphere (Britta Crandall y Russell Crandall, 2021) y America, América (Greg Grandin, 2025).

Mi objetivo no es intentar deslumbrar al lector con una larga letanía de paralelismos ingeniosos, sino entender por qué Estados Unidos ha intervenido reiteradamente en los asuntos latinoamericanos; cómo suelen terminar esas intervenciones; y en qué medida las motivaciones y tácticas de Trump difieren de las de sus predecesores, ya sea porque los tiempos han cambiado o porque se trata de un caso verdaderamente sui generis.

He aquí, entonces, cuatro lecciones que la historia podría enseñarnos sobre la llamada Doctrina Trump:

1. Trump no es la excepción—es la norma

Escuchar a Trump mientras leía toda esta historia me daba la sensación de ver una pantalla dividida. La declaración del presidente horas después de la captura de Maduro, de que “el dominio estadounidense en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionado”, remite no solo a Theodore Roosevelt, sino también a James Polk, quien en la década de 1840 lideró la guerra entre México y Estados Unidos y la incorporación de Texas, sumando más de 2.6 millones de kilómetros cuadrados al territorio estadounidense; o a William McKinley, que a comienzos del siglo XX arrebató a España el control de Puerto Rico y Filipinas —y elevó los aranceles— y que recibió una mención destacada por parte de Trump en su segundo discurso de investidura.

A la vez, el énfasis del presidente Trump en los intereses y agravios de las empresas energéticas estadounidenses en Venezuela evoca la llamada “diplomacia del dólar” de William Taft. Los intentos—finalmente exitosos—de Trump de apoyar a sus aliados en las elecciones de 2025 en Honduras y Argentina recuerdan, a su vez, el declarado propósito de Woodrow Wilson en la década de 1910 de “enseñar a las repúblicas sudamericanas a elegir buenos hombres”.

Si la retórica resulta familiar es porque muchas de las ideas que la sostienen son anteriores incluso a la propia república. Como recuerda Greg Grandin en America, América, los comerciantes estadounidenses del siglo XVIII podían navegar por el Misisipi, cruzar el Caribe y río arriba por el Magdalena hasta Colombia para vender sus productos con notable facilidad: un pequeño ejemplo de cómo los estadounidenses comenzaron a concebir la cuenca del Caribe en particular como parte de su “extranjero cercano”.

Tropas estadounidenses patrullan las calles de St. George’s, la capital de Granada, en 1983.
Getty Images

La retórica de Trump sobre un renovado expansionismo, expresada en su declarado deseo de “recuperar” el Canal de Panamá y de adquirir Groenlandia, es también inequívocamente estadounidense: un rasgo que Alexis de Tocqueville consideraba inseparable del carácter nacional, tan ligado al afán de lucro como al “ amor por la excitación constante que produce esa búsqueda”.

Durante buena parte de la historia de Estados Unidos, el “destino manifiesto” pareció apuntar a que las fronteras del país se expandirían no solo hacia el oeste, sino también hacia el sur, una idea que inspiró a figuras como William Walker, un abogado estadounidense que en la década de 1850 se proclamó presidente de Nicaragua y llegó a obtener, brevemente, el reconocimiento de Washington. Francis P. Loomis, número dos del Departamento de Estado bajo Theodore Roosevelt, reflejó el pensamiento de su época cuando afirmó: “Creo que es nuestro destino controlar, de manera más o menos directa, a la mayoría de los países latinoamericanos”, no solo mediante la anexión, sino también a través de la “administración de sus ingresos”, un concepto que Trump ha retomado para la Venezuela posterior a Maduro.

Algunos presidentes estadounidenses —como John Quincy Adams en el siglo XIX, o Warren Harding y Jimmy Carter en el XX—mostraron poco interés en ejercer ese tipo de poder. Pero la mayoría no fue así, al menos hasta tiempos relativamente recientes. Lyndon Johnson desplegó más de 20.000 soldados en la República Dominicana en 1965. Como recuerda Joan Didion en su libro Miami (1987), Ronald Reagan fue objeto de burlas generalizadas entre los exiliados cubanos por su incapacidad para derrocar a Fidel Castro, reflejo de una creencia persistente —y mucho más amplia— de que Washington podía lograr cualquier cosa en América Latina si simplemente se lo proponía.

Visto en retrospectiva, el período verdaderamente excepcional puede haber sido el de las tres décadas posteriores al fin de la Guerra Fría. Fueron años marcados por un énfasis relativo en la soberanía y el comercio, así como por un desplazamiento de la atención estadounidense hacia otras regiones, como Medio Oriente, especialmente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, un giro que muchos en América Latina interpretaron como una forma de “negligencia benigna”.

Ese período parece haber quedado atrás, al menos por ahora.

2. … pero hay diferencias importantes.

El punto más alto del intervencionismo de Washington en las Américas se alcanzó durante las décadas de 1900 y 1910, un período en el que Estados Unidos ocupó la República Dominicana, Cuba, Nicaragua y Haití —estos dos últimos por más de veinte años—, además de respaldar la creación de Panamá (y su canal) e invadir México.

Pero todo eso ocurrió cuando el país se sentía envalentonado por su aplastante victoria en la guerra hispano-estadounidense de 1898 y por la conquista final del Oeste estadounidense. De igual forma, las intervenciones renovadas de las décadas de 1950 y 1960 en países como Guatemala y la República Dominicana, así como ambiciosos proyectos de construcción institucional como la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, estuvieron a cargo de la generación que emergió victoriosa de la Segunda Guerra Mundial.

Soldados del Ejército de los Estados Unidos apostados frente a un cine en la República Dominicana, en 1965.

Parece ocurrir lo contrario en la era de Trump, en un país que sigue siendo profundamente reacio a cualquier cosa que recuerde a las fallidas ocupaciones de Irak y Afganistán. Antes de la operación que derrocó a Maduro, alrededor del 70% de los estadounidenses se declaraba contrario a una intervención militar en Venezuela. Aunque el éxito espectacular de esa operación pueda mantener a raya a los sectores más cautelosos por un tiempo, no deja de ser significativo que —al menos al momento de escribir estas líneas— Trump se haya comprometido a desplegar exactamente cero “tropas en el terreno” en Caracas o en cualquier otro lugar.

El tono de Trump hacia América Latina también parece diferir del de sus predecesores.

John Adams, el segundo presidente, escribió que “los pueblos de América del Sur son los más ignorantes, los más fanáticos y los más supersticiosos de todos los católicos romanos”. Taft hablaba del “mísero… carácter de los gobiernos de ese continente” y del “derecho a hacerlos chocar entre sí”. Henry Kissinger afirmó célebremente en 1970, en referencia a Chile, que “no veo por qué deberíamos quedarnos de brazos cruzados viendo cómo un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo”. Otros presidentes se guiaron por grandes principios, como el objetivo de Wilson de difundir la democracia o el deseo de McKinley de “elevar y civilizar” a las antiguas colonias españolas.

Trump, en cambio, parece estar impulsado no por ambiciones moralizantes ni por un desprecio particular hacia los líderes latinoamericanos, sino por una concepción relativamente estrecha de los intereses estadounidenses: en particular, la necesidad de reducir el flujo de drogas y de migración irregular hacia Estados Unidos. El interés de Trump por contener la influencia de China en las Américas, aunque relevante, aún no se ha convertido en una prioridad dominante de política exterior, como sí lo fue en su momento frenar a los soviéticos, a los españoles o a los alemanes para presidentes anteriores.

Hasta qué punto el motivo y el tono importan está por verse. Pero pueden ayudar a explicar por qué Trump ha logrado establecer relaciones de trabajo no solo con su creciente número de aliados conservadores en la región, sino también con líderes de izquierda como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y la mexicana Claudia Sheinbaum.

“Ha sido sorprendentemente respetuoso”, me dijo un funcionario brasileño que ha participado en llamadas con Trump. “Por lo menos, no nos ha tratado peor que a los europeos”.


SEIS GOBIERNOS CLAVE EN EE.UU.

1817–25

Monroe delineó la «doctrina» más famosa de la región, advirtiendo a las potencias europeas contra mayor colonización en el hemisferio occidental. Tal y como la concibió su administración, la doctrina era principalmente defensiva, afirmando los intereses de Estados Unidos sin comprometerse a intervenir militarmente ni a gestionar la región.

1901–09

Theodore Roosevelt

Roosevelt amplió drásticamente el intervencionismo estadounidense a través del Corolario Roosevelt, reivindicando el derecho de Estados Unidos a actuar como «potencia policial» en América Latina. Su presidencia marcó el paso de las advertencias hemisféricas a las ocupaciones directas y al control financiero, especialmente en el Caribe y América Central.

1909–13

William Howard Taft

Autor de la «diplomacia del dólar» que veía a América Latina principalmente a través del prisma del comercio y los intereses corporativos, y a menudo recurría a la fuerza militar estadounidense para respaldarlos. Intentó crear un protectorado en Nicaragua.

1933–45

FDR revirtió décadas de intervención militar con la Política de Buena Vecindad, comprometiéndose a no interferir y a respetar la soberanía. Bajo su liderazgo, las tropas estadounidenses se retiraron de los países ocupados y ayudaron a allanar el camino para que los países latinoamericanos se unieran a la causa aliada en la Segunda Guerra Mundial.

1961–63

Tras la revolución cubana, Kennedy se propuso contener el comunismo mediante la Alianza para el Progreso, un ambicioso programa de desarrollo económico. También recurrió a la acción militar directa, incluyendo la invasión de Bahía de Cochinos y el bloqueo de Cuba de 1962, que casi provocó una guerra nuclear con la Unión Soviética.

1981–89

Estados Unidos se involucró profundamente en las guerras de Centroamérica, que Reagan consideraba parte integral de la lucha global contra el comunismo. Su invasión de Granada en 1983 reafirmó la voluntad de Estados Unidos de utilizar la fuerza militar tras los años no intervencionistas de Jimmy Carter.

Photos: Getty Images


3. No esperen coherencia.

Aunque Trump suele parecer impredecible, lo cierto es que nunca ha sido fácil anticipar cómo se comportará la Casa Blanca ante América Latina.

Incluso la más célebre de las “doctrinas” regionales, anunciada por el presidente James Monroe en su discurso sobre el Estado de la Unión de 1823, fue recibida con desconcierto en su momento —y durante décadas después—. La advertencia contra la injerencia extranjera (entonces, europea) se formuló de manera tan críptica que, un siglo más tarde, Wilson se quejaba de que la doctrina “escapaba al análisis”. Un candidato presidencial del siglo XIX llegó a ironizar que la Doctrina Monroe “podría ser algo bueno, si tan solo se pudiera averiguar qué es”.

En tiempos más recientes, los observadores se han apresurado a descifrar la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, publicada en noviembre. El documento contiene una sección inusualmente larga y destacada sobre el hemisferio occidental, declarando que Washington ‘reajustaría nuestra presencia militar global’ para concentrarse en las Américas, y también delineaba un ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe, comprometiéndose a ‘negar a los competidores extrarregionales la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio.’

Pero la historia sugiere que este tipo de declaraciones suelen ser redactadas por personas distintas al presidente, y reflejan más bien las visiones —y desacuerdos— de los miembros del gabinete que una filosofía coherente. Una de las razones por las que la Doctrina Monroe confundió a sus primeros lectores fue porque sus autores, en particular John Quincy Adams, secretario de Estado de Monroe (y futuro presidente), creían firmemente en que Estados Unidos no debía llenar el vacío dejado por las potencias europeas en las Américas: una idea bastante radical tanto en aquella época como en la actual.

De hecho, los presidentes estadounidenses con frecuencia se han contradicho abiertamente —o, en una lectura más benévola, han evolucionado a la luz de la evidencia—. Incluso cuando Wilson presidió el apogeo del intervencionismo estadounidense, sostuvo que “no corresponde al pueblo estadounidense dictar a otro pueblo cuál debe ser su gobierno”. Theodore Roosevelt, según el análisis de Schoultz, mostraba mucho menos entusiasmo por la “Gran Garrote” hacia el final de su presidencia, al decir ante una audiencia, en referencia a Cuba: “Busco el mínimo de interferencia necesario para que les vaya bien”.

Como señalan los Crandall en su libro, incluso Reagan, el arquetipo del guerrero de la Guerra Fría, cambió dos veces de rumbo en su política hacia Chile, y fue clave para convencer a Augusto Pinochet de convocar —y aceptar— el referéndum de 1988 que conduciría al fin de su régimen. La apuesta de Reagan, que resultó acertada, era que Chile sería más estable una vez restaurada la democracia.

América Latina ha dado lugar, a lo largo de los años, a una cantidad desproporcionada de “doctrinas”. La historia sugiere que la mayoría deberían tomarse con cautela.

4. Siempre hay oposición—tanto en casa como en el extranjero.

Y así volvemos a Venezuela una última vez:

En 1958, cuando Fidel Castro y sus compañeros rebeldes ganaban fuerza en las montañas de Cuba y la amenaza comunista parecía extenderse por toda América Latina, Richard Nixon —que entonces era vicepresidente bajo Dwight Eisenhower— emprendió una gira de buena voluntad por la región.

La visita comenzó con paradas en Argentina y Uruguay, pero en Lima, Nixon enfrentó a una multitud airada de estudiantes, y luego fue recibido con abucheos y silbidos en el aeropuerto de Caracas. Cuando la comitiva se dirigía a colocar una ofrenda en la tumba de Simón Bolívar, una multitud furiosa detuvo la caravana y atacó los vehículos, rompiendo sus ventanas y lanzando piedras contra ellos. “Por catorce minutos agonizantes”, escribió Schoultz, “Nixon y su esposa permanecieron atrapados en sus limusinas separadas mientras la prensa captaba un hecho único en la historia de EE.UU.: manifestantes enfurecidos escupiendo al vicepresidente de los Estados Unidos.”

El chofer de Nixon finalmente condujo el coche por la mediana de la autopista y atravesó el tráfico en sentido contrario hasta llegar a la embajada estadounidense, donde estuvieron a salvo. Pero el incidente presagiaba las dificultades a las que se enfrentaría Estados Unidos en toda América Latina durante la segunda mitad del siglo XX. 

Manifestantes en Caracas atacan la limusina del vicepresidente estadounidense Richard Nixon en 1958. Getty Images

Los acontecimientos de ese tipo muchas veces fueron producto de dinámicas locales. Pero la oposición al “imperialismo” estadounidense —tanto pasado como presente— claramente contribuyó a impulsar el ascenso de líderes como Castro, Juan Domingo Perón, Daniel Ortega y Hugo Chávez. Las consecuencias para los responsables de la política exterior de Estados Unidos y para los intereses empresariales estadounidenses fueron devastadoras.

Incluso los funcionarios más belicistas en Washington reconocían el ciclo casi inevitable de intervención y reacción. Al regresar a Washington y dirigirse a sus colegas en el gabinete de Eisenhower, Nixon culpó del incidente en Caracas a agitadores comunistas, pero añadió: “Estados Unidos no debe hacer nada que dé la impresión de que está ayudando a proteger los privilegios de unos pocos”.

En el contexto actual, que evoluciona rápidamente, es difícil saber dónde comienzan y terminan los paralelismos. Las encuestas sugieren que la población de América Latina apoyó la intervención de Trump incluso más que la del público estadounidense. La vieja izquierda, dura y reflexivamente antiamericana, parece estar en retroceso en toda la región, y los conservadores alineados con Trump, como José Antonio Kast y Daniel Noboa, han ganado las más recientes elecciones. Sin embargo, las encuestas del Pew Research Center y otros centros sugieren que la imagen de Estados Unidos puede haber empeorado desde el regreso de Trump, mientras que la de China está mejorando en algunas partes de América Latina, lo que probablemente presagia al menos algunos problemas en los próximos años.

También podría producirse una reacción en el propio Estados Unidos. Senadores clave de la década de 1920 iniciaron investigaciones sobre las ocupaciones estadounidenses en Haití y República Dominicana e incluso celebraron audiencias en ambos países. La política de “Buen Vecino” de Franklin Delano Roosevelt en la década de 1930, que facilitó la incorporación de los países latinoamericanos a la causa aliada en la Segunda Guerra Mundial, fue una respuesta directa al intervencionismo de principios del siglo XX.

Al final, probablemente no hay mejor resumen que el que hizo, en 1905, el secretario de Estado de Theodore Roosevelt, Elihu Root, aproximadamente un año después de que el presidente anunciara su célebre corolario agresivo:

“Los suramericanos ahora nos odian, en gran parte porque creen que los despreciamos y tratamos de intimidarlos”, escribió Root a un senador. “Realmente me agradan y tengo la intención de demostrarlo. Creo que su amistad es realmente importante para Estados Unidos, y que la mejor manera de asegurarla es tratándolos como caballeros.”

“Si quieres hacer de un hombre tu amigo”, concluyó, “no conviene tratarlo como a un perro amarillo”.

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Brian Winter
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Winter is the editor-in-chief of Americas Quarterly and a seasoned analyst of Latin American politics, with more than 25 years following the region’s ups and downs.

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Tags: Nicolas Maduro, Trump and Latin America, Venezuela
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