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Leila Guerriero y la vida de los otros



Cuenta la periodista Leila Guerriero (Buenos Aires, Argentina, 1967) que a algunas personas, cuando se sienten conmovidas por una historia real, se les da por comentar “sería una gran novela” . Pero Guerriero no quiere escribir una novela. Y no porque no le guste la ficción —al contrario, se alimenta de ella vorazmente. Lo que le molesta a Guerriero de la frase (“sería una gran novela”) es la percepción de que el periodismo es un género menor y que una historia solo aspira a trascender cuando está mediada por la ficción.
“Yo no creo que haya nada más feroz, desopilante, ambiguo, tétrico o hermoso que la realidad, ni que escribir periodismo sea una prueba piloto para llegar, alguna vez, a escribir ficción”, afirma Guerriero en Frutos extraños (Aguilar, 2009), el compendio de sus crónicas escritas entre 2001 y 2008. El trabajo de Guerriero—que publica en El Mercurio y Paula, de Chile, en Vanity Fair y El País, de España, en Gatopardo, revista que también edita para el Cono Sur, en SoHo y El Malpensante, de Colombia—es la mejor prueba de que el periodismo no tiene por qué ser pobre, aburrido o unidimensional. Su libro Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2005), sobre una población en la Patagonia argentina con un alarmante índice de suicidios de jóvenes, es ya un clásico de la crónica latinoamericana contemporánea.

Guerriero reclama para el periodismo la categoría de arte, el arte de contar la vida de los otros con todas las herramientas de ficción que hacen que un cuento permanezca en la memoria, pero con el rigor investigativo que se espera de la no-ficción. Los sujetos de sus crónicas pueden ser inmigrantes chinos, clones de Freddie Mercury, magos mutilados o vendedoras de productos Mary Kay, y todos ellos nos revelan, con sus gestos y obsesiones y pequeñas o grandes tragedias, algún tipo de verdad sobre la condición humana.

Colanzi: ¿El cronista puede tomarse algunas libertades en beneficio de la narración, o se debe respetar el relato de los hechos tal y como sucedieron?

Diego Sampere

Foto tomada por Diego Sampere

Guerriero: El cronista no debe ni puede tomarse libertades en el sentido de “inventar” cosas, solo porque siente que le convienen a la historia. Eso existe, y se llama ficción, pero no es periodismo. Te pongo un ejemplo burdo: un cronista no puede inventar que, por ejemplo, a tal persona le faltan los dientes, solo porque siente que el detalle es bueno para demostrar el estado de abandono y pobreza en que esa persona se encuentra, aunque la realidad cometa la perrada de poner a una persona viviendo en condiciones de abandono y pobreza con la dentadura completa. Creo que un cronista debe evitar dos pecados mortales: el primero es inventar, y el segundo es aburrir. Pero con respecto a esa frase peligrosa —“respetar  el relato de los hechos tal y como sucedieron”—, hay algo para decir, y es que los hechos, tal y como sucedieron, aun cuando sea exhaustivo y serio, siempre estarán atravesados por la mirada del cronista. Si no, una nota sobre el terremoto de Haití escrita por Jon Lee Anderson y otra nota sobre el terremoto de Haití escrita por Rafael Gumucio, deberían ser, punto por punto, la misma nota. La mirada siempre será una mirada subjetiva, que excluye el invento e incluye la honestidad. Un cronista debe contar, no necesariamente en primera persona, lo que honestamente cree que vio. Si inventa, si atraviesa la crónica con una mirada prejuiciosa, hará una mala crónica o construirá una mentira, dependiendo del caso. Pero si es bueno sabrá, desde el principio, que la objetividad es un cuento chino.

Colanzi: En tus textos exploras a fondo la dimensión psicológica de los entrevistados (sus pasiones, sus hobbies, sus contradicciones, sus fobias), en vez de limitarte a proporcionar cifras o datos más convencionales. ¿Cómo nació el interés por incorporar la intimidad de los entrevistados en tus crónicas?

Guerriero: Sucede que yo creo que, si se quiere hacer periodismo narrativo, no es posible hacer otra cosa. El trabajo de un periodista narrativo es preguntar hasta donde se pueda, explorar todos los afluentes, aun cuando sepa que mucho de eso quedará por fuera de lo que escriba. Necesita entender él, para después contar lo que cree que entendió. La conducta de la gente, las cosas que hace y que dice, sus trabajos, sus fracasos, solo pueden entenderse en un contexto mayor que muchas veces permanece oculto, incluso o sobre todo para esa gente. No es, en mi caso, interés por la intimidad, sino interés por todo: por el pasado, por el presente, por lo que esperan del futuro. Interés, en fin, por entender las causas y las consecuencias. Yo intento saber tanto de una persona o de una situación como para impedir que el lector, cada tres líneas, se ponga a dudar de lo que digo. Por eso pregunto todo lo que quiero, puedo y se me ocurre preguntar.

Colanzi: ¿Te preocupa lo que puedan decir tus entrevistados cuando lean lo que has escrito sobre ellos?

Guerriero: No me preocupa en términos de que les guste o no lo que escribí. Yo no escribo para que no les guste, pero tampoco escribo para que les guste. Cuando me siento a escribir, no existe más que mi computadora y yo y la pila de papeles o videos o fotos con las que trabajo. Mido las cosas en términos de eficacia para contar esa historia y trato, como dije antes, de ser honesta, de no ser prejuiciosa ni canalla. Me preocuparía, sí, que me desmintieran, que me acusaran de escribir datos imprecisos o cosas por el estilo. Pero no me ha sucedido.

Colanzi: ¿Cómo llegas a tus historias, dónde las encuentras?

Guerriero: En general, son cosas que están ahí, que han sido incluso repasadas por la prensa, pero en las que siento que, aun repasadas por la prensa, queda todo por contar. A veces, noticias de cuatro renglones en un periódico me llaman la atención por un motivo equis. Entonces las recorto, las guardo, y un día llamo por teléfono a los protagonistas de esa historia y pregunto. Si todavía me parece que es interesante, voy.

Colanzi: Te dan la oportunidad de entrevistar a la persona que quisieras. ¿A quién elegirías?

Guerriero: No tengo idea. No cultivo esas listas, de “el entrevistado soñado”, o “los diez temas sobre los que quiero escribir alguna vez”. Tengo un cúmulo de ideas que superan, por ahora, el tiempo que tengo para llevarlas a cabo, pero, en general, la gente perfectamente desconocida me resulta más fascinante que cualquier músico o político o actriz. Es que no solo me interesa el qué, sino el cómo, entonces, entre hacer una entrevista de quince minutos con Francis Ford Coppola en un rueda de prensa y pasarme dos meses conversando con el chino que atiende el supermercado de mi barrio, tengo muy claro con qué me quedo. Porque ¿de verdad se puede sostener una conversación interesante, no solo en 15 minutos, sino encorsetado en reglas absurdas, como no hablar de esto y de lo otro? A veces pienso que la mansa aceptación por parte de los periodistas de ese sistema de abordaje perverso a las celebridades es toda una señal del estado de algunas cosas en la profesión. Pero a nadie parece preocuparle. Entonces, me limito a no hacer esas cosas, al menos no de esa forma.

Colanzi: ¿Qué cosas te molestan en una crónica?

Guerriero: En las mías, cuando siento que no he logrado dar con el tono, la estructura y el ritmo que necesita esa historia. En las de otros, cuando encuentro cosas que yo trato de evitar en las que escribo (no siempre son éxito, seguramente): miradas prejuiciosas; afán en parecer chistosos o cínicos o inteligentes todo el tiempo; tapar, con su presencia, la historia que fueron a contar. El periodista, aun cuando escriba en primera persona, debe ser invisible, desaparecer detrás de lo que cuenta.

Colanzi: ¿Qué crónica te ha resultado más difícil de escribir?

Guerriero: Dos: un perfil de Guillermo Kuitca, que hice para Vanity Fair, y la historia sobre el Equipo Argentino de Antropología Forense, que hice para El País de España. Sentí, por diversos motivos, una afinidad profunda con los protagonistas de estas historias, y es muy difícil mantener, después, la distancia óptima para escribir.

Colanzi: ¿Qué atributos necesita un buen cronista?

Guerriero: La curiosidad. Si tiene curiosidad, entenderá que debe averiguar hasta las cosas que no parecen importantes. Debe saber escribir bien y, por tanto, tomar riesgos, ser un gran lector, manejar la herramienta del idioma, investigar otras formas de narrar como la fotografía, el cine, el arte plástico, la música. Debe descubrir cuál es su mirada, aprender a ver. Saber editarse: saber qué incluir y qué dejar afuera. Debe saber desaparecer —al  reportear y al contar la historia—, ser humilde, tener paciencia y olvido de sí.

Colanzi: Los suicidas del fin del mundo se enseña en los programas de literatura de algunas universidades. ¿Cómo ves la relación entre periodismo y literatura?

Guerriero: ¿Qué universidades son esas? Ja. Si lo enseñan como ficción, estamos en problemas, porque  es un libro de no ficción, aunque está muy influenciado por la ficción en sus herramientas narrativas. Según la RAE, literatura es el “arte que emplea como medio de expresión una lengua”. Entonces el periodismo, que es contar historias, es una forma de literatura. Yo no creo que el periodismo sea una especie de literatura de bajo voltaje, ni que todos los periodistas, para ser finalmente aceptados en un canon que desconozco —quizás porque no aspiro a él— tengan que escribir ficción. Ahí tenés el caso de Kapuscinsky y de Talese, dos tipos que escribieron cosas geniales y que jamás se sintieron atraídos por escribir ficción. Parafraseando a aquel marinero de Cartago, yo diría que contar ficción no es necesario, pero contar sí. Creo que el único periodismo que me gusta leer es el  que aplica, para contar historias, las técnicas de la literatura, pero excluyendo, claro, la posibilidad de inventar.

Colanzi: ¿A qué escritores o periodistas admiras?

Guerriero: Una lista desprolija y no exhaustiva incluye a Idea Vilariño, César Vallejo, John Steinbeck, Vladimir Nabokov, Michael Chabon, Ethan Canin, Lorrie Moore, Annie Proulx, A.H. Homes, Truman Capote, Martín Caparrós, Rodolfo Walsh, Ryszard Kapuscinsky, Fogwill, Susan Orlean, Joan Didion, John Irving, Flaubert, Anne Tyler, Stendhal, Richard Ford, Pete Dexter, F. Scott Fitzgerald, Miguel Hernández, Góngora, Quevedo, Alejandro Zambra, William Faulkner, Homero, Dostoievsky, y muchos libros de autores de los que me gusta solo un libro, y mucha prosa de autores cuyos libros no me gustan en absoluto.

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