Politics, Business & Culture in the Americas

Legalidad vs. Continuismo: Un dilema resuelto en las elecciones de Colombia



El día llegó. Y no precisamente porque se vaya a cumplir el estribillo de la canción que se convirtió en el tema de campaña del candidato del Partido Verde Antanas Mockus “Antanas llegó”. Lo que llegó fue el epílogo de una campaña emocionante que a pocos días de la primera vuelta se volvió predecible y que a vísperas de la segunda, no deja duda alguna de que el próximo presidente de Colombia será Juan Manuel Santos.

El heredero natural de Uribe no obstante no la tuvo fácil. Se enfrentó a un candidato que encarna en buena medida, opuestos interesantes al gobierno actual que se marcaron como nunca en los últimos debates signados por la controversia. Mockus mostró su indignación por haber sido víctima de una campaña negra en la que se dijo todo sobre él: Que era ateo, que acabaría con la policía y algunos programas estatales, que no podría gobernar porque padece del mal de Parkinson. El aspirante, que impregnó su campaña de símbolos como el lápiz y el girasol, terminó andando bajo el brazo con un papel firmado ante notario en el que se comprometía a no hacer todo eso que estaban diciendo de él.

Optó mejor por dedicarse en las últimas tres semanas a mostrar que lo que sí representa es aquello que ni sus más férreos contendores han podido negarle: Transparencia, honestidad y lucha contra la corrupción. Y que en cambio su contendor Santos no puede mostrarse sólo como el sucesor de todo lo bueno del gobierno de Álvaro Uribe –la seguridad democrática y la confianza inversionista- sino que tiene que marcar una distancia clara frente a los escándalos de estos ocho años: Parapolítica, chuzadas del DAS, falsos positivos, agro ingreso seguro. Mockus enfatizó en que muy seguramente el candidato oficialista gobernará con el clientelismo que ha caracterizado a la política colombiana por siglos y en que es hora de que el país se conduzca por otra vía: la de la meritocracia.

Aunque Santos y Mockus encarnan un modelo de país distinto, tienen cosas en común: Saben rodearse muy bien, han sido exitosos funcionarios públicos y son tecnócratas a la hora de elegir funcionarios competentes para ciertas tareas. Se distancian, uno menos que otro, del estilo cuasi populista de Uribe por lo que se espera que ninguno de los dos haga los interminables consejos comunales de domingo. Son liberales en lo económico y quieren continuar la seguridad democrática, pero es ahí en ese botín indiscutible de campaña, que los modelos difieren. Santos habla de prosperidad, Mockus habla de legalidad. Santos es continuista del modelo sin criticarlo y Mockus quiere enderezarlo con un entero apego a la ley, con la cultura y la educación como pilares básicos para entenderla. Respeta las Cortes y la independencia de poderes que han sido un talón de Aquiles de este Gobierno.

Santos habla de un gobierno de Unidad Nacional donde todas las fuerzas políticas converjan y trabajen por un proyecto de país, no importa que a esa unidad muchos vayan a parar buscando sacar una tajada de la jugosa torta que reparte el Estado. Mockus cree que la unión hace la fuerza pero no hace alianzas partidistas porque piensa que esos favores se los van a cobrar en el futuro. Es por eso que eligió irse cabalgando solo a la segunda vuelta y perdió los posibles votos del Polo y del Partido Liberal. De gobernar, no le sería fácil enfrentar la crisis de institucionalidad que genera un congreso mayoritariamente en contra.

Santos hace parte de una de las familias más prestantes del país dueña del periódico El Tiempo, con tío abuelo ex presidente –Eduardo Santos- y por décadas cercano al poder que representa la aristocracia bogotana. El candidato verde es hijo de inmigrantes lituanos de clase media y ha pasado su vida más en la academia que en cócteles. Santos, hijo del Partido Liberal representa la política tradicional mientras Mockus es revolucionario en el sentido menos marxista de la palabra: representa el voto protesta pero no al proletariado. Mockus es el creador de un movimiento llamado visionarios por Colombia en el que se permite soñar con un país culto y menos corrupto, algo que muchos consideran demasiado ingenuo.

En esa línea Antanas es un outsider, un antipolítico hasta en la forma de hacer campaña: Evita hacer promesas con indicadores irrealizables y su honestidad le hace cometer suicidios políticos como decir que él sí va a subir impuestos. Por sus declaraciones popularmente costosas, ha dicho en tono jocoso que es el director del departamento de autogoles del Partido Verde. Santos por su parte habla de presupuestos, números, promete millones de empleos, de viviendas, enumera programas, dice lo que la gente quiere oír y en ese sentido es un buen político.

Por eso el candidato del uribismo es considerado un jugador estratégico. Como Ministro de Defensa tomó decisiones valerosas con éxitos reconocibles como la operación Jaque (liberación de 15 rehenes entre ellos Ingrid  Betancourt) y la operación Fénix (muerte de Raúl Reyes en bombardeo a Ecuador), aún cuando sabía que estaba violando normas. Es tan decisivo como arriesgado mientras Mockus es reflexivo, piensa y discute mucho antes de actuar. Antanas ataca la teoría del “todo vale”, el fin justifica los medios de Maquiavelo tan propio de la realpolitik que representa Santos. Mockus es un rector de lo legal, por lo que jamás encabezaría unos movimientos tan osados porque sentiría que irrespeta la Constitución.

La campaña de Mockus la hicieron los ciudadanos que confían ciegamente en su imagen de hombre impoluto y donaron sus ideas y su creatividad para afiches y consignas. Santos trajo a los gurúes del marketing político de Venezuela, México, Argentina y Estados Unidos. Fue hermético y con un discurso especialmente fabricado, claro, práctico. Movió todas sus maquinarias y se aseguró de tener respaldos de los grandes caciques políticos del país. A Mockus se sumaron espontáneos, voluntarios, académicos, columnistas, actores, cantantes. Por un momento creyó cautivar a todo el voto de opinión, incluido el de los abstencionistas, pero sus métodos pedagógicos, tan efectivos en Bogotá, provocaron angustia en un electorado nacional que ve certeza en la continuidad que representa Santos.

Quien gane recibe un país con altos índices de desempleo y pobreza, crisis en los derechos humanos y una pelea diplomática de urgente resolución con Ecuador y Venezuela. Con menos Farc pero más impunidad en la lucha contra los paramilitares. Con menos secuestrados pero más desplazados.

Según la campaña desde la que se le mire, la elección de mañana es entre la “legalidad” vs. “todo vale” o el “continuismo” vs. “el salto al vacío”. Los apasionados verdes tienen la misión de no dejar caer el respaldo nada despreciable de 3 millones de votos, pero el dilema presidencial ya está resuelto.

ABOUT THE AUTHOR

Jenny Manrique es una bloguera contribuidora para AQ Online. Ella es una periodista colombiana que ha escrito para medios como Semana, Votebien.com, El Espectador, Latinamerican Press y Folha de São Paulo. Actualmente trabaja como periodista freelance. Su cuenta de Twitter es: @JennyManriqueC.

Like what you've read? Subscribe to AQ for more.
Any opinions expressed in this piece do not necessarily reflect those of Americas Quarterly or its publishers.
Sign up for our free newsletter