
Este artículo es adaptado de un reporte especial de AQ | Read in English | Ler em português
A principios de este año, la agencia de telecomunicaciones de Brasil, Anatel, autorizó oficialmente a SpaceSail, una constelación de banda ancha que suele describirse como el equivalente chino de Starlink, a operar en territorio brasileño. El anuncio no generó muchos titulares, pero merece mayor atención. No porque fuera una declaración sobre China, sino porque fue una declaración sobre el deseo de la región de contar con opciones.
En toda América Latina, los profesionales de la industria espacial abogan consistentemente por soluciones que tomen en cuenta la soberanía. La Política Nacional Espacial de Chile de 2025 exige que las capacidades espaciales nacionales “fortalezcan la autonomía e independencia.” La doctrina de defensa de Argentina refuerza el deseo de un acceso independiente a lanzamientos, considerado un componente vital de la defensa nacional y la soberanía. Un grupo de trabajo técnico en Brasil estudia opciones para una alternativa soberana a los sistemas que proveen servicios de posicionamiento, navegación y temporización (PNT, por sus siglas en inglés). Y así sucesivamente.
La agenda de autonomía en América Latina no es intrínsecamente antiestadounidense, ni pro-China. Tampoco es exclusiva de la región. Los líderes europeos comparten las mismas preocupaciones e intentan equilibrar lo que se desarrolla a nivel nacional con lo que se obtiene a través de socios o del mercado internacional. Esto no es solo una función de la geopolítica, sino también una respuesta a una conciencia más aguda de la vulnerabilidad y la necesidad de resiliencia.
Estas ambiciones recurrentes reflejan una preocupación genuina: a medida que aumenta la dependencia de la tecnología espacial, la dependencia de sistemas espaciales extranjeros se convierte en una responsabilidad estratégica. La autonomía, a veces formulada alternativamente como autosuficiencia o soberanía, se ha convertido así en un concepto organizador clave para las ambiciones espaciales de América Latina. La pregunta es qué significa eso en un sector global, y si Estados Unidos se está posicionando adecuadamente para ser parte de la respuesta.
Los límites de actuar en solitario
Existe una versión de la autonomía tan llamativa como inviable: sistemas espaciales completamente independientes, desarrollados y controlados de forma autóctona, sin depender de ningún proveedor o sistema extranjero. Este relato puede halagar los egos nacionalistas, pero no es realista. Ignora los ingentes recursos financieros, de infraestructura y humanos que habría que movilizar a corto plazo y, lo que es igualmente importante, mantener a largo plazo. Pero también es un planteamiento erróneo por algo más fundamental: la naturaleza misma del espacio.
Las actividades espaciales son globales e integradas tanto por diseño como por la física. El marco de gobernanza internacional que ha guiado las actividades espaciales durante décadas refleja esta realidad: las órbitas, el espectro y el entorno operativo son todos recursos compartidos. Los servicios satelitales requieren infraestructura terrestre distribuida en todo el planeta. Incluso los sistemas PNT a escala plena dependen de una cadena de suministro geodésica global para una comprensión común del tiempo y del espacio. Quede claro: la competencia, el conflicto y las asimetrías estructurales son reales, pero coexisten con una necesidad ineludible de coordinación. Ningún país opera en el espacio de manera verdaderamente autónoma. La interdependencia es la naturaleza del dominio.
Esto genera una tensión genuina en el núcleo del discurso sobre la autonomía espacial. Reducir la vulnerabilidad es importante, pero no debe confundirse con la búsqueda de una independencia tecnológica total. Eso no solo es inviable; puede ser contraproducente. En los ecosistemas espaciales fragmentados de la región, los esfuerzos por construir capacidades independientes, sin marcos de gobernanza e institucionales para utilizarlas eficazmente, pueden simplemente trasladar el riesgo.
El hecho de poseer un satélite no implica contar con todo lo necesario para utilizarlo. Un país puede construir su propio sistema para tomar imágenes de su territorio desde el espacio y, aun así, depender de datos meteorológicos extranjeros, imágenes comerciales adicionales, análisis de socios y comunicaciones seguras para convertir esas imágenes en información accionable, como ocurre durante un desastre natural. Un ciberataque a un enlace de comunicaciones, una cadena de mando poco clara o una restricción de licencia sobre cómo pueden compartirse los datos pueden volver un activo soberano mucho menos útil de lo que parece. La autonomía enfocada en una sola pieza del rompecabezas puede generar una falsa sensación de seguridad. El marco más útil no es la independencia, sino la resiliencia y la capacidad de tomar decisiones informadas. La autonomía en el espacio debe concebirse como la capacidad de gestionar el riesgo, seleccionar los enfoques adecuados y negociar con los socios desde una posición de competencia, evitando acuerdos que limiten las opciones futuras. Ese es un objetivo distinto y conduce a estrategias diferentes.
¿Quién define la autonomía?
La historia de SpaceSail refleja la lógica de la autonomía más que cualquier afinidad particular por la tecnología china. En los últimos años, los líderes de la región observaron con preocupación lo que percibían como un acceso poco confiable, cuando no caprichoso, a Starlink, incluso mientras este determinaba los resultados militares en Ucrania. Más cerca de casa, los medios brasileños especularon abiertamente el año pasado sobre si Washington podría usar el acceso al GPS como arma en un momento de tensión en las relaciones bilaterales. Aunque eso nunca fue probable, reforzó el deseo de proteger la libertad de acción e invertir en la capacidad de actuar de manera independiente. Desde la perspectiva de la política brasileña, contar con una alternativa viable a Starlink, aunque sea de origen chino, amplía el menú de opciones.
Las decisiones tomadas al desarrollar capacidades rápidamente pueden tener consecuencias a largo plazo. Estas decisiones incluyen con qué socios trabajar, qué estándares adoptar y qué tecnologías integrar. El memorando de entendimiento de 2024 entre la empresa de telecomunicaciones brasileña Telebras y SpaceSail incluyó lenguaje que hacía referencia a una posible filial brasileña para facilitar la inversión, el intercambio de conocimientos sobre “los mecanismos de gobernanza y operación de las infraestructuras espaciales” y posibles proyectos conjuntos. Estos aspectos adicionales pueden aumentar el valor del acuerdo para Brasil, pero también podrían complicar el objetivo declarado de “garantizar la independencia y la autonomía del Estado.”
En el plano práctico, construir infraestructura en torno a estándares operativos, procedimientos, proveedores y tecnología chinos podría generar restricciones que limiten la interoperabilidad con otros sistemas, de manera similar a intentar conectar un dispositivo estadounidense a un enchufe argentino. En el plano político, ciertas decisiones podrían resultar incompatibles con las normas de control de exportaciones de otros países o con los requisitos de ciberseguridad, lo que podría limitar el margen de maniobra de Brasil en otros ámbitos de su ecosistema espacial. Esto podría impedir una mayor colaboración en materia de conocimiento de la situación espacial (SSA, por sus siglas en inglés) con los socios de seguridad de Estados Unidos y con futuras oportunidades comerciales.
Otra preocupación es que los discursos sobre la autonomía con frecuencia no especifican qué capacidades son verdaderamente críticas y deben priorizarse. Los países corren así el riesgo de impulsar programas sin la suficiente profundidad ni atención a la vulnerabilidad. Esto es especialmente problemático en un sector que consume muchos recursos, es técnicamente implacable y sigue siendo percibido por el público como un lujo. El énfasis en la capacidad de lanzamiento es un ejemplo útil. Un sitio de lanzamiento operativo no conduce automáticamente a un ecosistema espacial funcional, y mucho menos autónomo. Es una parte de una ecuación que incluye el desarrollo de satélites, las operaciones de misión, el procesamiento de datos, la capacidad de gobernanza, el personal calificado y las instituciones capaces de utilizar realmente la información espacial. Un país que destina demasiados recursos a la cesta de lanzamientos puede seguir dependiendo de otros para los sistemas que necesita para gestionar la agricultura, monitorear la pesca ilegal o apoyar la seguridad nacional.
El riesgo, entonces, no es que los actores latinoamericanos persigan la autonomía en el espacio. Es que pueden hacerlo de formas que recorten la flexibilidad que se supone que la autonomía debe brindar.
Socios estadounidenses en la ecuación
Aquí es donde los actores estadounidenses, tanto gubernamentales como comerciales, tienen una oportunidad genuina aunque subestimada.
La industria espacial comercial de Estados Unidos ahora ofrece a los socios regionales mucho más que productos o servicios puntuales. Un número creciente de empresas ofrecen “soluciones soberanas”—capacidad satelital dedicada, infraestructura terrestre propia y productos de información avanzados licenciados de formas que preservan la independencia operativa. Planet, una empresa de observación de la Tierra, por ejemplo, vende datos, satélites y arquitecturas integrales. Slingshot Aerospace ofrece una gama comparable en el ámbito del conocimiento de la situación espacial (SSA), que incluye sensores dedicados para acceder directamente a datos orbitales personalizados.
Esto responde directamente a lo que muchos gobiernos latinoamericanos buscan: no ofertas de caja negra que profundicen la dependencia, sino soluciones que amplíen la capacidad nacional y construyan relaciones.
Sin embargo, dado que el espacio es un sector altamente regulado y políticamente sensible, esta oportunidad no crecerá por sí sola. Las empresas estadounidenses necesitan un apoyo gubernamental más activo para competir con proveedores extranjeros que ofrecen opciones más competitivas bajo reglas de transferencia tecnológica menos estrictas. La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de la administración insinúa la diplomacia comercial. Eso debería traducirse en facilitar el acceso a los mercados, alinear los marcos de exportación con los objetivos de asociación y proporcionar respaldo mediante seguros para mitigar riesgos. También debería significar adoptar un modelo de relacionamiento similar al de los Diálogos Integrales sobre el Espacio, celebrados con Japón y Francia, para incorporar a la industria estadounidense en el relacionamiento bilateral.
Hoy, la presencia de Estados Unidos en el espacio de las Américas es significativa, pero fragmentada. Una oferta más sólida de Estados Unidos no sería solo cooperación militar, intercambio de datos científicos o ventas comerciales, sino una que alinee todo esto para avanzar en prioridades compartidas.
La autonomía no es aislamiento
Para que Estados Unidos encarne la frase tan utilizada de “socio preferido” en América Latina, debe hacer más que simplemente aparecer. Requiere un esfuerzo deliberado para conectar mejor las actividades civiles, comerciales y de defensa de Estados Unidos. Esto significa adoptar un enfoque integrado de relacionamiento, intercambiar información entre agencias y aprovechar las visitas oficiales, las conferencias relevantes y las ferias comerciales para que las entidades gubernamentales y no gubernamentales estadounidenses construyan relaciones con sus contrapartes. Significa dirigir intencionalmente recursos diplomáticos para ayudar a los negocios estadounidenses a competir y tener éxito.
Ser un socio sólido significa reconocer que la ventaja de Estados Unidos no radica solo en el hardware, sino también en la formación, los flujos de trabajo, los estándares, las mejores prácticas y la excelencia en la gestión de proyectos que convierten las capacidades espaciales en valor operativo. Bien ejecutado, esto desplazaría la conversación más allá del “elige entre Estados Unidos y atente a las consecuencias” y posicionaría al sector espacial estadounidense para ayudar a los socios regionales a construir capacidad real: la capacidad de elegir.
La autonomía y el alineamiento no son opuestos. En el espacio, donde los sistemas son globales y las amenazas son compartidas, la autonomía genuina se construye a través de asociaciones diversificadas e interoperables, una resiliencia que permite a los actores asignar el riesgo de manera inteligente, saber cuándo recurrir a herramientas nacionales o de socios, y cuándo optar por soluciones no espaciales. Estados Unidos tiene más que ofrecer en esa agenda de lo que actualmente está poniendo sobre la mesa.


