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Los desplazados: una cara poco estudiada de la violencia en México



La violencia producto del narcotráfico—con todas sus vertientes como son la corrupción en el gobierno y en las fuerzas del orden, el enfrentamiento entre bandas y la apertura a otros negocios igual de ilícitos y rentables como extorsión, trata de blancas, lavado de dinero y un largo etcétera—ha propiciado un fenómeno que apenas en las últimas semanas ha comenzado a llamar la atención en México. Se trata del problema de los desplazados.

Con la reciente liberación del famoso “capo” de los 1980’s, Rafael Caro Quintero, recordé una noticia que en aquella época llamó la atención. El entonces jefe supremo del narco mexicano había invertido varios millones en su pueblo natal para dotarlo de la infraestructura pública que el gobierno le había negado, es decir, de luz, calles pavimentadas, drenaje, escuela pública y hasta una iglesia nueva. Sin justificar en lo más mínimo sus actividades ilegales, dicha conducta contrasta con lo que sucede en la actualidad.

La violencia ya no sólo se percibe como el producto de la lucha entre las bandas. Como si de una guerra real se tratara, los grupos delictivos asolan los pequeños pueblos. Muchas comunidades viven bajo la amenaza constante de ser agredidas por unos o por otros: por los narcos, por el ejército, e incluso por la policía.

En muchos lugares de Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Tamaulipas y Coahuila los pobladores han optado por abandonar sus pequeñas comunidades y buscar refugio en las medianas o grandes ciudades, provocando un éxodo del medio rural al urbano que no se veía desde la época de la Revolución Mexicana. En ese entonces, los constantes enfrentamientos armados provocaban la zozobra en los pueblos pequeños, mientras que las ciudades—por su tamaño y por la presencia de autoridades de mayor nivel—proporcionaban un refugio más seguro. La diferencia es que ahora las grandes ciudades también viven amenazadas por la misma violencia que empujó a los campesinos a abandonar sus hogares.

El problema se agrava cuando las autoridades se niegan a reconocerlo como tal, a pesar de los múltiples testimonios, de la presencia de grupos de campesinos solicitando ayuda del gobierno para instalarse en otro lugar y del cada vez mayor número de poblados que lucen desiertos o semidesiertos; habitados tan sólo por algunos valientes que se niegan a abandonar el lugar donde nacieron ellos, sus padres y sus abuelos, así como sus pocas pertenencias, aun sabiendo que pueden morir en cualquier momento.

Al no encontrar apoyo oficial y ante la imposibilidad de regresar a sus lugares de origen, estos desplazados se ven en muchos casos obligados a mendigar por las calles o a encontrar la forma de cruzar la frontera en busca de otras oportunidades. Este es un problema que en cualquier momento se puede convertir en una severa crisis humanitaria, aunque el gobierno—para demostrar que su estrategia de lucha funciona correctamente—se empeñe en ocultar.

 

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