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The COVID Generation

Un esfuerzo creativo en Argentina para que los niños vuelvan a clase

En la periferia de Buenos Aires, unos programas intensivos de alcance comunitario pretenden reducir las tasas de abandono escolar. ¿Será suficiente?
Alejo Aracena asiste a una sesión de apoyo escolar en San Martin.Anita Pouchard Serra

Este artículo ha sido adaptado del informe especial de AQ sobre la crisis educativa Read in English 

BUENOS AIRES—Tres días a la semana, Alejo Aracena atraviesa las puertas decimonónicas de la Casa Mercado, uno de los edificios más antiguos del municipio de San Martín, a las afueras de Buenos Aires.

Con un mechón de pelo rubio decolorado y un ligero encorvamiento al caminar, el adolescente tiene un lugar a donde ir: más allá de la frondosa pérgola, hacia el final del patio interior del edificio, donde unas cuantas mesas de plástico están colocadas junto a un gran cartel azul que dice Educación.

Aracena, de 14 años, sonríe a las jóvenes que preparan ejercicios de matemáticas con una pluma. No le gusta la escuela, afirma, pero este lugar es algo distinto: un centro de aprendizaje financiado por la ciudad en un esfuerzo por ayudar a los niños como él a ponerse al día y permanecer en la escuela después de los desafíos de la COVID-19.

“Vengo aquí casi siempre, tenga o no tarea, porque me explican las cosas para que las entienda”, dijo Aracena a AQ. “Antes, cuando la escuela era virtual, (los profesores) me mandaban tareas y era yo quien tenía que entenderlas”.

Al igual que les pasó a muchas de las personas jóvenes de América Latina, Aracena tuvo que enfrentarse a una serie de obstáculos cuando la pandemia interrumpió la enseñanza presencial. Sin Internet ni computadora en casa, su madre tuvo que usar el Wi-Fi de un vecino para descargar sus tareas en un viejo teléfono móvil. Su determinación ayudó a que Aracena siguiera en la escuela. Pero sin tutores individuales como los que ha encontrado en el centro de estudios —uno de los 40 instalados en San Martín desde febrero— todavía podría quedarse atrás.

El centro es una de las varias iniciativas puestas en marcha este año en toda Argentina para tratar de evitar un retroceso a largo plazo en el aprendizaje de los alumnos. Una mezcla de nuevas herramientas y persistencia a la antigua, los planes son de gran alcance, innovadores y no especialmente costosos a la hora de implementarlos. En este sentido, podrían servir de modelo para otros países de América. Pero primero tendrán que demostrar que pueden marcar una diferencia real para estudiantes como Aracena —y es demasiado pronto para saberlo.

Tal vez eso es lo que siempre han necesitado”

Paulo Gutiérrez, director de la Escuela 50

En enero de 2021, la UNESCO estimó que el 52% de los niños del mundo —800 millones de estudiantes— aún no habían regresado a la escuela o lo habían hecho en circunstancias precarias. En toda América Latina y el Caribe —que superó al resto del mundo con 22,5 semanas de cierre total de las escuelas y 11,4 semanas de cierre parcial en el primer año de la pandemia— las tasas de absentismo y abandono escolar se dispararon.

En Argentina, los profesores, los administradores y los funcionarios del gobierno todavía están luchando para adaptarse. La enseñanza del país pasó a ser casi totalmente en línea en el año 2020. En ese proceso, según estimaciones del gobierno, más de un millón de estudiantes perdieron el contacto con sus escuelas, aunque la falta de registros nacionales puede esconder el alcance real del problema.

En este contexto, el simple hecho de que los estudiantes vuelvan a la escuela se ha convertido en una prioridad absoluta. Los centros de aprendizaje al aire libre durante los meses de verano se centraron en el juego como forma de volver a involucrar a la población más joven. Se han puesto en funcionamiento nuevos materiales de aprendizaje, tutores, juegos y herramientas digitales. Las organizaciones locales de voluntarios han desempeñado un papel crucial, ya que las filas de estudiantes que buscan ayuda adicional siguen aumentando.

“Teníamos antes ayuda para la escuela, pero ahora la gente casi se me tira encima pidiéndome un lugar”, dijo María Fitte, una de las organizadoras de Tejiendo el Barrio, una organización sin fines de lucro que funciona en un asentamiento de bajos ingresos en el barrio de Chacarita, en Buenos Aires.

La necesidad de tutores se ha vuelto más urgente últimamente: En 2020, los alumnos recibieron automáticamente calificaciones de aprobado; en 2021 tuvieron que cumplir las expectativas para pasar.

Los gobiernos provinciales, que gestionan la educación, han respondido a la crisis de formas diferentes. Las autoridades de Mendoza añadieron dos horas a la jornada escolar para los alumnos con dificultades de aprendizaje. En Córdoba, una hora. La mayoría de las jurisdicciones ampliaron el año escolar de alguna manera. En Santa Fe, los funcionarios escalonaron el final del año académico en función del nivel de los alumnos. En la provincia de Buenos Aires, donde vive casi el 40% de la población, se imparten clases de “intensificación” los sábados y después de la escuela para los alumnos que se han quedado atrás.

“Estoy convencido de que la única manera de recuperar el tiempo es con tiempo. Y eso es lo que estamos haciendo aquí”, señaló Paulo Gutiérrez, director de la Escuela 50, un instituto público de Lomas de Zamora, en la provincia de Buenos Aires, durante una de esas recientes sesiones sabatinas. En lugar de enseñar a 20 alumnos a la vez, los profesores de estas sesiones se sientan en una mesa con dos, tres o cinco alumnos, trabajando individualmente, explicó Gutiérrez a AQ.

“Tal vez eso es lo que estos alumnos siempre han necesitado”.


¿Funcionará?

A nivel de bases, los administradores de las escuelas se han dado a la tarea de encontrar a los estudiantes y ayudarlos a regresar a las aulas —con cierto éxito.

En la ciudad de Buenos Aires, los trabajadores del gobierno han ampliado un programa que lleva casi una década recorriendo los barrios en busca de jóvenes que han perdido el contacto con sus escuelas. Tocan puertas, encuestan a las familias y hacen un mapa de las necesidades de los estudiantes: ¿Quiénes abandonaron los estudios por no tener una computadora? ¿Quién tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a su familia? ¿Quién perdió los ánimos en esos meses de encierro y necesita un impulso emocional?

Tras contabilizar los alumnos que se desplazaron o rebasaron la edad escolar, los responsables municipales encontraron 4.481 alumnos que habían abandonado la escuela en 2020. Hasta la fecha los responsables municipales dicen que el 98% ha restablecido su conexión desde entonces.

“Salimos a la calle, salimos a buscarlos, siempre con un enfoque súper amigable y cariñoso”, comentó a AQ Melisa Massinelli, gerente de inclusión educativa del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. “Fue un trabajo lento, pero consistente… la idea es que no pierdas tu escolaridad, la idea es que no te quedes atrás”.

Desde entonces, el gobierno nacional ha prometido replicar este enfoque puerta a puerta en el marco de un programa llamado Volvé a La Escuela, que destinó 5.000 millones de pesos (50 millones de dólares) para reforzar los programas que ayudan a mejorar los entornos de aprendizaje, incluyendo fondos para material didáctico, reparación de edificios y computadoras portátiles de bajo costo fabricadas en Argentina para los estudiantes de secundaria.

Eduardo Levy Yeyati, decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella en Buenos Aires, afirma que había visto “mucha retórica y muchas buenas intenciones”.

“Si preguntas a las autoridades provinciales o de distrito qué están haciendo, todo el mundo está haciendo algo”, dijo a AQ Levy Yeyati, que dirige el centro de políticas públicas basadas en evidencia de la Escuela.

Pero con sólo unos pocos meses desde que las escuelas están completamente abiertas, y sin que se haya hecho una evaluación real, el impacto de estos programas todavía no está claro. Incluso los programas piloto más prometedores tienen un alcance limitado, afirma Levy Yeyati, quien señala que el regreso de los alumnos a las aulas es sólo el comienzo.

“Creo que es imposible recuperar todo lo que se ha perdido”, dijo. “Y a menos que seamos capaces de lograr un mayor nivel de focalización en el momento de la enseñanza, es muy difícil que los rezagados se suban al mismo tren. Se subirán a unos cuantos vagones por detrás y acabarán ahí para siempre”.

“Tejiendo el barrio” organiza talleres centrados en los jóvenes en situación de riesgo.

Una carga emocional

Los expertos afirman que, para evitar que esto ocurra, será necesario adoptar un enfoque global para reconstruir los sistemas educativos. Eso incluye tener en cuenta los efectos de la pandemia fuera de las aulas.

Alegre Sofía, de 14 años, se esfuerza por ponerse al día tras un año difícil. Es una de las 120 estudiantes de la Escuela 50 que ha estado asistiendo a clases extra después de la escuela y los sábados. Perdió a su padre por leucemia en 2019, y cuando el país se paralizó durante la pandemia, también lo hizo su educación.

“No hice nada en todo el año. No porque no quisiera, sino porque no podía”, cuenta Sofía a AQ. Ahora está recuperando las clases de 2020 y aquellas con las que ha tenido problemas en 2021; el Zoom y el aprendizaje virtual han sido un reto.

“Estaba sola todo el tiempo en casa, porque mi madre y mi hermana trabajan. Y al ser mi primer año de secundaria, necesitaba la ayuda de alguien”, dijo. “No quiero repetir un año, así que por eso estoy aquí. Además, la profesora es muy buena”.

La experiencia de Sofía apunta a problemas más amplios de la educación post-COVID. Agustina María Corica, socióloga de Buenos Aires que estudia el abandono escolar, señaló que el confinamiento y el aislamiento han propiciado un aumento del trabajo infantil y adolescente, ya que cada vez hay más niños que colaboran en la economía familiar. Para muchas niñas, eso significa asumir más tareas de cuidado en casa.

La brecha digital en América Latina también ha sido un factor importante: el acceso al Internet, a una computadora o incluso a un teléfono que no sea compartido por varios miembros de la familia varía dramáticamente según el nivel de ingresos. En este contexto, la educación se ha convertido en un privilegio, más que en un derecho.

Corica sugiere que estas cuestiones sociales y emocionales deben tenerse en cuenta a la hora de diseñar estrategias que favorezcan la permanencia en la escuela. Aunque la incertidumbre y la inestabilidad suelen formar parte del proceso de desarrollo, la pandemia ha mermado la capacidad de los jóvenes para proyectarse hacia el futuro, afirma.

“Tiene que ver más con el apoyo emocional o la salud mental que con la conectividad”, dijo Corica.

Para Mariana Entenza Saavedra, directora de educación en San Martín, la pandemia ha empeorado un período de la vida de los jóvenes que ya puede ser difícil de transitar.

“Había mucha soledad”, dijo Saavedra a AQ. “Había muchos niños cuyos dos padres habían muerto. El aprendizaje se vuelve aún más difícil porque esa energía se pone en otro lugar”.

Muchas de estas dificultades, en San Martín y en otros lugares, existían antes de la pandemia. Un informe publicado en agosto por el Instituto para el Desarrollo Social Argentino, basado en datos del gobierno de 2019, reveló que el 31% de las personas de entre 18 y 24 años de edad no había recibido el diploma de educación secundaria. Entre los sectores más ricos esa cifra se redujo al 12%, mientras que se disparó al 52% para los sectores más pobres.

Iván Matovich, el coordinador en materia de educación del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, un think tank, dijo que existe “la tentación de referirse a este momento como una crisis, pero si se mira hacia atrás se viene hablando de que el sistema educativo está en crisis desde hace décadas.” Prefiere describirlo como un “frágil punto de inflexión” que tiene el potencial de atender a antiguas necesidades del sistema educativo.

“Tenemos que ser capaces de mejorar los sistemas de monitoreo para poder identificar cuanto antes a los estudiantes y adaptarnos a sus necesidades”, dijo Matovich a AQ.

Hasta que eso ocurra, sigue recayendo en los padres la responsabilidad de asumir la responsabilidad. Verónica Gómez dejó de trabajar como cuidadora de ancianos y compró un pizarrón durante la pandemia para poder ayudar a sus cinco hijos con sus estudios virtuales.

“Como madres tenemos lo básico, y en la pandemia hicimos un esfuerzo sobrehumano para tratar de ayudarlos, pero no fue suficiente”, dijo después de dejar a sus hijos de 10 y 12 años en la Escuela 50. Comprometerse con la escolarización extra no fue fácil al principio.

“Traerlos aquí es un sacrificio, no vivo cerca”, dijo a AQ. “Pero su educación es importante. Y veo los resultados en ellos. Se esfuerzan y me dicen: ‘Mamá, tengo que terminar’”.

Alcoba es una periodista argentino-canadiense que reside en Buenos Aires. Ha escrito extensamente sobre el movimiento de mujeres en Argentina y, en términos más generales, se interesa en la organización colectiva en América Latina.


Tags: Argentina, Education, The COVID Generation
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