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La crisis de la policía boliviana



La jerga delincuencial de los policías bolivianos

En Bolivia, los policías destinados fuera de su lugar de origen pagan un “diezmo” (10 por ciento de su salario) a sus superiores. Llaman “saludar” cuando pagan por obtener determinado cargo; “aceitear” cuando exigen dinero para agilizar algún trámite; y “formar” cuando piden a un funcionario presentarse a su superior para ofrecerle dádivas. Hay otros también:  “cupo” es el dinero que deben reunir para “comprar” el destino al que quieren ir; “sanción” es el monto que pagan para pasar por alto sus faltas; “toco, teque” dicen, cuando pagan por un cargo u otros beneficios; y “vía rápida” llaman al soborno necesario para agilizar los trámites de licencias de conducir o documentos de identidad. Al mismo tiempo es muy común otras formas de pagamiento: “tres días” es el nombre y apellido de un hecho delictivo cometido por ellos mismos; “rayar” es el verbo que divide el dinero recaudado en algún trabajillo; y “filo” es la ganancia que exige el superior por el botín obtenido entre policías y ladrones.

Lo cuenta el propio presidente Evo Morales que en los seis años de su gobierno ya ha cambiado a siete comandantes generales de la Policía, tres de ellos en menos de dos años. Todos juran al cargo prometiendo erradicar la corrupción y lavar la tan deteriorada imagen institucional. Y todos terminan embarrados. Atrapados en el lado de los bandidos.

Un caso memorable es el del coronel Blas Valencia, líder de una banda delincuencial que el año 2001 atracó a un automóvil blindado con varios millones. De película. De ahí para adelante, rutina. Por eso casi ya no sorprende que el ex jefe de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico, general de la Policía, René Sanabria Oropeza, quien hasta el año pasado dirigía el Centro de Inteligencia y Generación de Información antinarcóticos, sea más bien un gran narcotraficante, según acusación de la Oficina Antidrogas de los Estados Unidos donde fue extraditado luego de ser aprehendido infraganti en Panamá.

Junto a él cayeron en Bolivia varios policías, entre ellos el Comandante General que fue removido de su cargo. Su sucesor (ex jefe de la oficina encargada de investigar el robo de vehículos) asumió el mando con los días contados para acabar con la corrupción. 68 días después fue descubierto usando una vagoneta con placas falsificadas (clonadas a un vehículo legal). El siguiente al mando acaba de ser destituido por estar involucrado en el ingreso irregular de 54 postulantes a la Academia de Policías quienes habrían pagado un soborno de hasta $5.000 por ello. Y así… Uno tras otro. 

¿Qué podría esperarse entonces de los policías rasos?

Matufias acorde a su rango, como vulgares delincuentes. Lo admite la propia policía que de vez cuando decide limpiar la casa y echar de sus filas a violadores, ladrones y demás. Por ejemplo, el año 2010, en sólo siete meses 127 policías fueron dados de baja, involucrados en hechos delincuenciales, y 200 fueron puestos bajo investigación.

Quizá el caso de los 54 aspirantes a policías explique en algo el problema. Porque es sabido que ingresar a la policía cuesta. Y si el ingreso es por la vía del soborno, del delito, se sabe entonces que se está ingresando a un antro, no a una institución de formación policial (¿o sí?)

El contexto / el pretexto

No está demás repetir que Bolivia es el país más pobre de la región (60 por ciento, 25 por ciento en extrema pobreza). Que el 45 por ciento de su población es joven; que el 62 por ciento de los bolivianos se reconocen como Indígenas y que el desempleo ronda el 10 por ciento.

Son dos mega instituciones las que en Bolivia asumen formalmente la pobreza: la educación, a través de los Institutos Normales y la Policía Boliviana. Ambas instituciones acogen a la clase pobre bachiller del país, muchos de ellos llegados del campo, para formarlos en sus aulas. Unos serán los maestros de las escuelas públicas y privadas del país. Y los otros serán policías, esos rostros morenos que vemos en las calles, a quienes en la vida cotidiana nadie respeta, aunque en algunos casos, muchos les temen.

Hasta hace algunos años, estos hombres de rostro moreno fueron—y todavía son—subestimados por su procedencia Indígena, por su español con memoria aymara o quechua, por su deficiente formación y finalmente porque el colonialismo dominante hacía muy fácil—y lo sigue haciendo—el maltrato de clase y el soborno de una piel más clara hacia ese uniformado finalmente sumiso.

Los años recientes han ido cambiando en algo esa situación de “clase” pero no el soborno y menos aún la imagen cada vez más deteriorada de la institución policial. Si antes un policía era irrespetado y sobornado por indio y pobre, ahora lo sigue siendo por corrupto. El argumento es la pobreza (individual e institucional). Un policía raso gana entre $140 y $230 mensuales. Ciertamente no alcanza para nada y ellos mismos reconocen que el soborno compensa su salario. Mientras más piolas sean, mayores ingresos tendrán.

Por eso ser policía en Bolivia es una garantía (casi) de por vida por la que vale la pena invertir (sobornar) $5.000. Eso hizo Pedro, un jardinero que es también “chutero” (ingresa automóviles de contrabando). Ahora su hijo, futuro policía, será su cómplice en un trabajo finalmente familiar.

Lo cierto es que la Policía boliviana está podrida. Ningún remedio casero ha dado resultado hasta hoy. Muchos lo dijeron y se armó el escándalo por obvias razones: es hora de acabar con ella.

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Cecilia Lanza

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