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Linchamiento y Justicia Comunitaria en Bolivia



Cómo ser (indígenas) modernos sin morir en el intento

En Bolivia suceden, en temporada alta, es decir, Carnavales, feriados y fiestas populares, hasta ocho linchamientos por semana. En días corrientes son aproximadamente seis por mes. Las cifras varían dependiendo del contexto. Eso dicen estudiosos y periodistas ante la ausencia de datos oficiales porque el linchamiento no forma parte de las categorías policiales que registran estas golpizas en masa como “asesinato” o “intento de asesinato”.

Temporada alta porque resulta que en épocas festivas la gente viaja, baila, se emborracha y entonces, para unos, los motivos y oportunidades de delinquir aumentan, para otros, un nuevo robo o violación es razón suficiente para “hacer justicia por mano propia”.

Hasta aquí, nada nuevo. Ni siquiera el hecho de que Bolivia comparta con Ecuador, Perú o Guatemala, los miles de linchamientos que suceden en América Latina. La novedad, sin embargo, está en dos datos aparentemente dispersos. Por una parte, lo obvio: la importante población indígena que tiene cada uno de esos países. Por otra parte, la constatación de que el linchamiento es un fenómeno urbano vinculado a la inseguridad ciudadana. Porque según investigadores y especialistas, que son quienes llevan la cuenta, el 70% de los linchamientos sucede en las ciudades, 20% en áreas urbanas y 10% en otros lugares. Datos relevantes porque no sólo se revierte la opinión dominante que cree que los linchamientos son exclusividad de las áreas rurales o una suerte de patrimonio de los indígenas, sino porque muestran, casi como una analogía, el fenómeno migratorio boliviano, del campo hacia las ciudades, como una de las explicaciones posibles del linchamiento. Porque desde los años ´80, la pobreza arrastró grandes migraciones a las ciudades en busca de mejores días. Hoy, casi el 70% de la población total vive en las ciudades, ya no en el campo.

Y del campo llegan a las áreas periurbanas, marginales y pobres. Allí donde suceden los linchamientos. Como suceden también en aquellos poblados fronterizos entre el campo y la ciudad. Allí donde las autoridades originarias ya no tienen el control porque todo cambia y la modernidad llega. Y los pueblos crecen y aparecen desconocidos y las suyas se hacen ciudades de paso hacia la gran ciudad y, muchas veces, lugares de tránsito para el contrabando y el narcotráfico que toca con sus garras las costumbres más originarias y las corrompe.

Los sectores indígenas están en crisis. Así lo prueba el reciente linchamiento de cuatro policías a manos de indígenas en una comunidad de Oruro (en el Altiplano) que reavivó dos preguntas pendientes: ¿El linchamiento forma parte de la llamada “justicia comunitaria”? Rotundamente no. Entonces ¿qué es “justicia comunitaria” y hasta dónde llega? Eso se verá con una ley (de deslinde jurisdiccional) que delimitará ambos sistemas jurídicos- indígena y ordinario- reconocidos en la nueva Constitución Política con el mismo rango. Entonces, si linchamiento no es justicia comunitaria ¿por qué los indígenas usan la justicia comunitaria como pretexto para el linchamiento? Porque la corrupción ha tocado su paraíso y en medio de la pobreza la modernidad es algo con lo que hay que aprender a lidiar. Sino ¿cómo ser indígenas modernos sin morir en el intento?

** Cecilia Lanza Lobo is a guest blogger to Americas Quarterly based in La Paz, Bolivia.

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Cecilia Lanza

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