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A pocas horas de que el mandatario que por más años ha estado en el poder en Colombia deje finalmente el palacio presidencial, vale la pena hacer una retrospectiva sobre lo que hereda su sucesor Juan Manuel Santos. Aunque el recién elegido presidente llegó al poder gracias a la maquinaria del Partido de la U, que valga recordar se nombró precisamente en honor al apellido de Uribe, Santos ha marcado ciertas distancias por lo menos en lo que a sus primeros nombramientos se refiere. Su gabinete de ministros parece por ahora tecnócrata y competente aunque aún le quedan muchos puestos por repartir en el Estado. En el sistema presidencial colombiano, la falta de leyes claras sobre meritocracia, hace que el habitante de la casa de Nariño nombre a dedo cientos de puestos. Con ello, puede pagar cientos de favores políticos y cuotas burocráticas.
Por ahora como toda luna de miel de los nuevos gobiernos, Santos mantiene una popularidad del 75 por ciento según una encuesta de Invamer Gallup, la misma con la que se va Uribe a pesar del desgaste de dos periodos de gobierno. Lo que logró el mandatario saliente fue que un país tradicionalmente conservador y católico, girara aún más a la derecha y se convirtiera en uribista profeso gracias al miedo que, estratégicamente, Uribe logró manejar a su favor: el miedo a que la guerrilla se tomara el poder y convirtiera en Estado fallido al país. Un miedo no infundado que tuvo un poderoso impulsor en los gobiernos precedentes: el de Ernesto Samper (1994-1998) infiltrado a más no poder por el narcotráfico y el de Andrés Pastrana (1998-2002) quien con el ánimo de conseguir la paz, abrió los diálogos con la guerrilla y les entregó una zona de distensión en la que no hicieron otra cosa que fortalecerse militarmente.
Semejante terreno casi árido de gobernabilidad, permitió prontamente que Uribe, quien llegó al poder por primera vez en la disidencia de un partido tradicional, el Liberal, y quien se inscribió como independiente con un millón de firmas, sedujera con su estilo proselitista tradicional en plena era cibernética: Uribe volvió a los pueblos más remotos usando carriel y poncho y aquel lema de trabajar, trabajar y trabajar fue pronto un hecho del que no se salvaron ni siquiera los domingos. Los famosos consejos comunales televisados—que superaron los 300 durante su gobierno—similares a los que aún hace el presidente Hugo Chávez en Aló Presidente, permitieron que ejerciera un gobierno en permanente campaña.
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