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Lo que Agatha se llevo

Centroamérica es muy propensa a desastres naturales, muy pero muy propensa. Como si no fuera poco con la pobreza, incipiente institucionalidad y frágil democracia cada cierto tiempo uno o varios de los países del Istmo se ven afrontando algún desastre natural: huracanes, tormentas tropicales, terremotos, deslaves, erupciones volcánicas, etc.

La más reciente es el paso de la Tormenta Agatha que dejó incalculable daño material en infraestructura, cultivos perdidos y pérdida de vida humana. Mas allá de las necesidades, de todos conocidas, que existen de impulsar políticas de gestión y mitigación del riesgo, sistemas de alerta temprana y capacidad de respuesta institucional; todos temas que se discuten con alguna frecuencia en este prestigioso medio en esta ocasión consideré compartir una historia que se repite todos los años en cualquiera de nuestros países latinoamericanos.

La historia en este caso de ficción pudiese aplicar a cientos de niños y familias. Este es el drama humano que los desastres dejan y las heridas permanentes que debilitan los corazones y almas de muchos latinoamericanos:

“El agua se escurre tras las leves rajaduras en el techo de lámina y las paredes de cartón. En un suelo lodoso se tuercen siete niños y su madre. El frio penetrante les llega por debajo también. Los charcos de agua fría sin piedad hacen dientes rechinar. En un desesperado intento de encontrar un poco de calor los niños y la madre se arrejuntan en la tierra. Ahí se hacen una bola humana pensando que de ahí, de ese calor humano, de ese amor tan tierno, podrían extraer un poco de energía cálida. La madre de manera instintiva, como un animal cuidando a su cría, se queda por afuera de la bola con su hija de cinco meses fuertemente apretada entre sus brazos y su torso. La madre sabia de que la tierna hubiera estado más abrigada debajo de sus seis hermanos, pero no podía soltar a su pequeña joya. Su calor materno la tendría que mantener calmada y sana. Luego, en el corazón de la bola humana se encontraba retorcida la más joven de las pequeñas. Encima de ella, enrollada como una culebra débil se encontraba la segunda más joven y así sucesivamente hasta llegar a la madre con la tierna.

El agua no daba lugar y ya cuando parecía que cesaría su ataque infernal lo renovaba con más fuerza, con más vigor. De pronto la tierna lloraba otro rio de lágrimas. El calor de su madre no sería suficiente. Esa noche cada quien desde el más chico hasta la más jovencita rezaban todo los que se les ocurría. Los chicos repetían a como diera lugar lo que sus hermanos recitaban. La noche se hacía eterna mientras la vida de los jóvenes se acortaba de manera galopante.

La mañana llegó y con ella al sol trajo. Poco a poco se desenrollaron los unos de los otros. Sus caritas llenas de lodo mostraban una sonrisa genuina de satisfacción, de victoria. De pronto la madre se levanto y en sus brazos a una pequeña niña sustentó. Con mucho pesar de pronto realizó que su pequeña un angelito era ya. Sus ojitos cafés pegados con el lodo de la noche y sus labios suavecitos salpicaditos de lodo habían quedado. El Salvador tenía otro angelito entre sus cielos, un angelito que tuvo que apresurar su reencuentro con El Creador.”

* Julio Rank Wright es un bloguero que contribuye a americasquarterly.org y es autor en la edición de Invierno 2010 de Americas Quarterly.

Tags: Tormenta Agatha
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