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Colombia y el camino de la reconciliación

¿Cómo se gobierna con la izquierda y la derecha en la oposición?  ¿Cómo se concilia a un país donde casi 7 millones de personas (los que votaron por Óscar Iván Zuluaga) creen que el camino es la guerra y que no se debería estar sentado en la Habana con terroristas? ¿Cómo se entiende que lo del domingo fue, más que un voto por Juan Manuel Santos, un plebiscito por la paz—y que no es un cheque en blanco para el presidente, sino el momento de firmar acuerdos y ejecutarlos?

Esa Colombia política, llena de sorpresas—que, en medio de la propaganda sucia (como no), puso a la opinión pública a debatir si quiere más sangre y muertos o algún escenario de perdón y reconciliación—comienza una nueva era en que la mentada palabra “paz” cobrará su verdadero valor.

Porque fue la esperanza de paz la que hizo que las fuerzas de izquierda fueran con “tapabocas” a votar por Santos, quien propone el modelo de desarrollo neoliberal que tanto combaten.

En su discurso de triunfo, Santos fue vitoreado entusiastamente por un público que gritaba paz y a quienes se refirió como los “millones de compatriotas” que “votaron por la ilusión de cambiar el miedo por la esperanza,” y les propuso “desterrar para siempre el odio y la violencia de nuestra democracia.”  Incluso le habló a las víctimas al subrayar que “es el momento de reconocerlas, es el momento de reconstruir regiones azotadas por la violencia.”

No obstante el triunfalismo, el próximo 20 de julio comienza una nueva legislatura, que por primera vez (aún sin estatuto de oposición) tendrá como fuerzas antagonistas a partidos de derecha como el Centro Democrático de Álvaro Uribe y el Partido Conservador, y de izquierda como el Polo Democrático. La Unidad Nacional no es tan fuerte como en el primer periodo de Santos, donde todavía gobernaba con el caballito de la seguridad democrática, y la gente creía que habia votado por un fiel representante de su antecesor.

Su voltereta no obstante, le costará una férrea oposición liderada por su ex-jefe desde el Senado—al mejor estilo del Tea Party en los Estados Unidos—pues por allí tendrán que pasar todos los acuerdos a los que se lleguen en la Habana con las Farc y el Eln. El estilo pendenciero de Uribe—reflejado en su cuenta de Twitter, y en su último comunicado en el que palabras más, palabras menos dijo que Santos se había robado la elección—sin duda es un ejemplo de lo que será la relación con el Ejecutivo.

Y aunque solo se esté hablando de paz por estos días, Santos también deberá sacar adelante reformas como las de la justicia, la salud y la educación, que le costaron en su primer gobierno fuertes paros de sectores trabajadores que más que nunca tienen voz en sus bases.

La tan criticada “mermelada” que no es otra cosa que repartir auxilios parlamentarios para que los congresistas lleven obras a sus regiones (lo que significa votos), se aceitará como siempre en la antesala de las elecciones de 2015 donde las fuerzas partidarias competirán por las alcaldías y gobernaciones del país.

Esos sectores que le concedieron todo por la paz, serán vigilantes de que sus demandas sean satisfechas y los caminos de negociación finalmente conduzcan a la reconciliación. Serán otros cuatro años de intensa polarización política—pero al menos con las banderas de la guerra a media asta.

*Jenny Manrique es una bloguera contribuidora para AQ Online. Ella es una periodista colombiana que ha escrito para medios como Semana, Votebien.com, El Espectador, Latinamerican Press y Folha de São Paulo. Actualmente trabaja como periodista freelance. Su cuenta de Twitter es: @JennyManriqueC.

Any opinions expressed in this piece do not necessarily reflect those of Americas Quarterly or its publishers.
Tags: Colombia, Juan Manuel Santos, Colombian Elections

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